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La enfermedad de Parkinson más allá de lo motor.

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La Enfermedad de Parkinson Más Allá de lo Motor.

Mtra. Ana Natalia Seubert Ravelo.

Facultad de Estudios Superiores. Iztacala UNAM

 

La Enfermedad de Parkinson (EP) es un padecimiento  crónico-degenerativo que constituye el segundo trastorno neurodegenerativo más común después de la enfermedad de Alzheimer (Olanow y Schapira, 2012). Su característica principal es la depleción de las neuronas productoras de dopamina en la sustancia negra, una estructura que se encuentra en el tallo cerebral. Desde su descripción inicial por James Parkinson hace casi dos siglos y hasta hace unas cuantas décadas, este padecimiento fue clásicamente considerado, por sus síntomas cardinales (temblor de reposo, bradicinesia, rigidez y pérdida de reflejos posturales), como un desorden del movimiento; sin embargo, en la actualidad se conoce que sus manifestaciones clínicas son variadas y complejas, e incluyen una serie de disfunciones no motoras entre las que se encuentran alteraciones sensoriales, del sistema nervioso autónomo, psiquiátricas y cognitivas, las cuales pueden contribuir tanto a la discapacidad de estos pacientes como las más conocidas alteraciones motoras. De hecho, algunas de las manifestaciones no motoras pueden estar presentes desde décadas antes de la aparición de los síntomas motores; por ejemplo, estudios retrospectivos han mostrado que muchos pacientes padecen de anosmia (pérdida del olfato), trastorno conductual del sueño MOR (fase de movimientos oculares rápidos) y rasgos depresivos mucho antes de comenzar con problemas motores como temblor de reposo, rigidez o alteraciones de la marcha.

Entre las alteraciones psiquiátricas comúnmente halladas en la EP se encuentra la depresión, que afecta a un 76% de esta población (Veazey et al., 2005). En un inicio se pensaba que la depresión en esta población era una reacción de los pacientes a la discapacidad causada por la enfermedad, o de lo contrario, estaba causada por algún otro evento de vida no relacionado. Sin embargo, en la actualidad se ha establecido que la depresión puede ser un síntoma más de la enfermedad; estudios han demostrado que en un gran número de pacientes no existe correlación entre la severidad de sus síntomas, la discapacidad que estos condicionan y la severidad de los síntomas depresivos (Yasui, 2010). Curiosamente la depresión en estas personas suele condicionar un empeoramiento de los síntomas motores y de su estado cognitivo.

A  pesar  de  que  en  sus  inicios  se  sostenía  la  noción  de  que  las  habilidades  sensoriales  e intelectuales  no  se  veían  afectadas  en  los  pacientes  con  EP  (Parkinson,  1817),  alteraciones cognitivas y conductuales en esta población ha sido ampliamente documentada en los últimos años. Las  alteraciones cognitivas son comunes en  la EP, e  incluso en ciertos casos resultan más discapacitantes que  los aspectos motores (Elgh et al., 2009). El riesgo relativo de desarrollar demencia en la EP de inicio tardío (inicio de los síntomas después de los 50 años) es casi seis veces la de los sujetos controles (Aarsland et al., 2001); no obstante, las alteraciones cognitivas son también  comunes  en  los  pacientes  no  demenciados  y  en  ocasiones  se  clasifican  como  Deterioro Cognitivo Leve (DCL) (Foltynie, Brayane, Robbins y Barker, 2004 citados en Elgh et al., 2009). Los problemas cognitivos en esta población son muy distintos a los de otras enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer, y suelen caracterizarse principalmente por problemas en las funciones ejecutivas, el procesamiento visuoespacial y el control atencional; las alteraciones en las funciones ejecutivas incluyen disminución en la fluidez  verbal,  flexibilidad cognitiva, memoria  de  trabajo,  planeación y solución de problemas.

En  años  recientes  se  han  reconocido  alteraciones  conductuales  insidiosas  en  un  subgrupo  de pacientes con EP, referidos de manera colectiva como trastornos del control de impulsos (TCI); éstos incluyen juego patológico (ludopatía), hipersexualidad, compras compulsivas e ingesta compulsiva, y se asocian de manera primaria con el mal uso de medicamentos pro dopaminérgicos (DeLong y Juncos, 2008).

Es claro ahora que la enfermedad de Parkinson es un padecimiento complejo que va más allá de lo motor. Es importante, como profesionales de la salud, tenerlo en cuenta y saber que la atención de esta población requiere de un grupo interdisciplinario que atienda también la esfera cognitiva, emocional y conductual, para así contribuir a una mejor calidad de vida tanto del paciente como su familia.    

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