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Rebaños y pertenencia grupal; o de cómo a veces permanecemos callados.

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Rebaños y pertenencia grupal; o de cómo a veces permanecemos callados.

 

Ari Rajsbaum

Centro de Neurociencias Sociales AC.

 

En un auditorio universitario, el maestro comenzó su disertación. A diferencia de otras conferencias, claramente estructuradas y comprensibles, la presente era abigarrada y difícil de entender. Aquí y allá soltaba palabras relacionadas con su tema: “Adam Smith, capitalismo, conducta económica”. Después de dos minutos de hablar, Dan Arielyprofesor de la Universidad de Duke, preguntó: “¿porqué nadie me pregunta de qué diablos estoy hablando?, el texto que acabo de leer fue generado por un sistema que revuelve palabras al azar para genererar literatura posmoderna”.El maestro estuvo diciendo cosas sin sentido durante dos minutos y nadie se rio, protestó, dijo “no entiendo” o “¿podría usted explicarnos qué quiere decir?”.

 

¿Porqué calló el público, aunque evidentemente nadie entendía nada, ya que no había nada que entender?  

 

Probablemente porque cada uno de los oyentes pensaba, “seguramente soy yo el único que no entiende”. El silencio de cada uno reforzaba la inseguridad de los demás, lo cual hacía que permanecieran callados por más tiempo. A este fenómeno se le llama Ignorancia pluralísticala cual aumenta su intensidad mientras mayor sea el tamaño del grupo. Mientras más gente haya, el sentimiento de inseguridad se refuerza, “si todos callan, seguramente soy yo el que está mal”. La ignorancia pluralística puede llegar a adquirir dimensiones masivas, en las que muchísima gente supone que algún sentido habrá escondido en palabras que cada uno de ellos en su intimidad, no acaba de comprender.

 

El fenómeno de ignorancia pluralística se encuentra relacionado con muchas otras conductas que tenemos los seres humanos en las que tratamos de integrarnos al grupo en el que nos encontramos en ese momento. La percepción de que nos estamos quedando en los márgenes del grupo produce malestar automáticamente. No importa de qué grupo se trate, nuestras emociones reaccionan automáticamente impulsándonos a la integración. Una mujer que acude a un desayuno de madres y se da cuenta que quedó en la esquina de la mesa y fuera de la conversación tenderá a sentir malestar, aunque estas mujeres no sean sus amigas. Si acudimos como alumnos nuevos a un curso, y al llegar vemos que los demás conversan entre sí y nosotros quedamos excluidos de la dinámica, instantáneamente nos sentiremos mal, aunque no tengamos la menor intención de encontrar amigos o socios comerciales en ese lugar. Si observamos a un grupo de personas que avanzan juntas por un camino nos daremos cuenta que cada uno de ellos hace un esfuerzo para no quedar en los márgenes físicos del grupo. ¿Qué nos mueve con tanta fuerza a querer estar en el centro?

 

Para comprender lo anterior, debemos saber, en primer lugar, qué nuestras emociones se producen en un lugar diferente de nuestro cerebro que los razonamientos. Las emociones se producen en el sistema límbico, el cual compartimos con todos los demás mamíferos. Los pensamientos se producen en la corteza cerebral, la parte externa de nuestro cerebro, principalmente en la corteza prefrontal, la cual evolucionó posteriormente. El sistema límbico de las vacas, los roedores y los humanos es muy semejante, por lo que nuestras emociones tienen mucho en común a las suyas. Pero solo nosotros tenemos una corteza prefrontal tan desarrollada. Para todos los mamíferos, la permanencia física dentro de un grupo tiene un gran valor de sobrevivencia; un búfalo solitario es presa fácil, un grupo de hienas puede ahuyentar a un león, pero una hiena solitaria sería fácilmente matada por su oponente. No solo es importante para los mamíferos pertenecer a un grupo. Es importante estar en los círculos interiores de este. Las vacas dominantes se colocan en medio del rebaño, de esta manera están mejor protegidas de los depredadores. Cuando una cabra pierde de vista a los miembros de su grupo segrega cortisol, generando un estado de pánico, cuando los encuentra y se acerca a ellos segrega oxitocina, el mismo químico que nosotros segregamos cuando nos sentimos en confianza con seres amados, y que segregan las madres y los bebés durante el amamantamiento.

 

Nuestro sistema límbico evolucionó a lo largo de un periodo larguísimo para responder automáticamente ante la presencia del grupo: “adentro-seguridad, afuera-peligro”, parecieran ser las instrucciones del sistema.

Las emociones frente a la pertenencia o marginación de un grupo no solo surgen en ámbitos como grupos de amigos o de trabajo. Se manifiestan también de formas mucho más sutiles, como en el caso de la ignorancia pluralística que describimos al principio del capítulo. Pareciera que el quedarnos callados, cuando todos callan, fuera una decisión razonada “seguramente soy el único que no entiende, mejor me callo”. Pero en realidad, las emociones nos impulsan a callar antes de que cualquier pensamiento pase por nuestra cabeza, es decir, nuestro sistema límbico, que responde mucho más rápido que la corteza pre-frontal, nos genera un sentimiento de incomodidad ante cualquier situación que nos pudiera marginar, este sentimiento puede ser razonado entonces por la corteza “es que soy el único que no comprende”.

 

Si pensamos en cuantas ocasiones interpersonales la gente decide callar impulsada por la ignorancia pluralística, nos daremos cuenta de su enorme peso social. Si nos podemos preguntar en cuántas otras decisiones, nuestra mente se deja llevar por el referente grupal para tomar decisiones quizá nos sorprendamos.

 

 

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