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Deshonestidad: ¿Acaso de verdad nos importa considerarnos personas honestas?

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Deshonestidad: ¿Acaso de verdad nos importa considerarnos personas honestas?

Ari Rajsbaum Gorodezky

Centro de Neurociencias Sociales AC

 

 

¿Acaso de verdad nos importa vernos a nosotros mismo como personas correctas? ¿No será que solo somos una banda de hipócritas que tratamos de mostrar a los demás una cara bonita, pero que, en caso de podernos salir con la nuestra nos comportaríamos como unos monstruos sin escrúpulos?

Es posible responder esta pregunta desde muchos puntos de vista:

La manera más sencilla sería si nos metiéramos a la mente de otras personas y viéramos como se sienten cuando cumplen con normas sociales. Supongamos que su amigo x entra a una tienda y la encargada de la caja le da $100 de cambio que no le correspondían. Supongamos también que su amigo dice: “señorita, muy amable de su parte, pero me dio $100 de más, aquí los tiene”. Usted no tiene manera de saber si su amigo se hubiera quedado el dinero si nadie lo estuviera viendo,  tal vez se sienta miserable por haber perdido la oportunidad de apropiarse de un dinero que le cayó sin esforzarse. Hoy en día no podemos leer la mente de otra persona, pero sí podemos saber qué siente cuando hace algo, aunque sea de forma aproximada. Lo sabemos porque cuando la gente siente ciertas emociones hay cosas que pasan en su cuerpo; micorexpresiones involuntarias e incontrolables que duran fragmentos de segundos, secreción de sustancias, activación de zonas en el cerebro. Cuando la gente siente que va a recibir una recompensa (por ejemplo, está a punto de recibir un primer beso de la persona amada, le entregan el menú de su restorán favorito o le avisan que le acaban de dar un bono en su trabajo) se activa en el cerebro una zona llamada núcleo Accumbens. Lo sorprendente es que sabemos que cuando la gente cumple con normas sociales o morales este núcleo también se activa, aunque no haya observadores externos ni nadie se vaya a enterar de lo sucedido. La gran mayoría de la gente, por lo tanto sentimos bienestar de hacer lo que pensamos que es correcto, aunque esto vaya en contra de nuestros intereses. Es por eso que la mayor parte de la gente no roba, mata o viola aun cuando existan posibilidades muy pequeñas de ser atrapados. Es por lo mismo que mucha gente se tira a la calle cuando ve que un niño está en peligro, o ayuda a desconocidos. Así como la vida está llena de pequeños actos deshonestos, también está llena de actos de ayuda desinteresados. Y nos sentimos bien al hacerlos. Esto es un hecho, como lo demuestran los estudios neurológicos.

Podemos preguntarnos, si es que nos gusta actuar de forma que consideramos correcta, ¿Cómo es que con tanta frecuencia hacemos cosas que se desvían de nuestros valores? Podríamos preguntarnos también ¿Porqué hay tanta gente a la que le cuesta creer que los seres humanos disfrutamos de actuar correctamente y sufrimos cuando no lo hacemos, si todos los estudios empíricos lo demuestran? Por último, ¿cómo es que a los seres humanos (y cómo veremos en algún otro momento, no sólo a los seres humanos) nos importa comportarnos “correctamente”? Al fin y al cabo, usted nunca verá a una araña sacrificarse por otra, a una serpiente dejarse sacrificar para que otra serpiente viva. Comenzaremos respondiendo esta última pregunta antes de pasar a las anteriores.

A diferencia de los reptiles, que viven cada quien por su lado, los mamíferos hemos evolucionado para vivir en grupo. El vivir en grupo tiene algunas desventajas, por ejemplo, la competencia por alimentos se intensifica. Por otro lado tiene muchas ventajas; la manada sirve como un sistema de alarma extendido. No hace falta que cada individuo esté permanentemente alerta para ver si se acerca un depredador; ya que basta con que algún miembro se asuste para que todos los demás volteen a ver qué está pasando. Los grupos también pueden cazar con más eficiencia, como hacen los lobos y los leones, que pueden compartir la comida que juntan, como hacen los vampiros que regurgitan la sangre que han conseguido y la comparten para los cachorros comunes. Incluso se pueden compartir conocimientos, como hacen los elefantes, de manera que solo unos individuos tengan que recordar rutas complicadas para encontrar agua. El vivir en grupo requiere el desarrollo de una gran cantidad de habilidades, como reconocer individuos y las relaciones que hay entre otros. En el caso de los mamíferos, siendo que los pequeños son incapaces de alimentarse a sí mismos, se requiere también del desarrollo de fuertes sentimientos de empatía, que nos permitan sentir lo que está sintiendo el otro, de otra manera una madre no sacrificaría tanta energía para cuidar a sus bebés.

Mucha gente equipara a los rasgos animales con conductas violentas, egoístas y despiadadas, y a lo propiamente humano con la consideración por los demás. De ahí escuchamos expresiones como “la ley de la selva”, cuando nos referimos a ambientes brutales, u oímos decir que alguien “es muy humano”, en referencia a alguien considerado con los demás. Pero estas expresiones están muy lejos de la realidad. Entre los mamíferos, y posiblemente también entre muchas aves, encontramos todo tipo de conductas empáticas y altruistas. El primatólogo Frans de Waal cuenta el siguiente relato acerca de una hembra bonobo. Los bonobos son parientes cercanos de los chimpancés:

“El evento concierne a Kuni, quien encontró a un pájaro herido que se había golpeado con un vidrio de la pared de su área en el zoológico. Kuni subió a la parte más alta del árbol para liberarlo. Abrió sus alas como si fuera un aeroplano y lo envió al aire, mostrando una acción de ayuda diseñada para las necesidades de un ave. Obviamente, esta ayuda no hubiera sido de ayuda para otro bonobo, pero para un pájaro parecía perfectamente apropiada. La reacción de Kuni estaba probablemente basada en lo que sabía acerca de pájaros, habiéndolos visto volar todos los días”[i]. Para aquellos que conocen de comportamiento animal, este evento no es nada raro. De Waal lo elige para ejemplificar, no únicamente el hecho de que los mamíferos podamos compartir los sentimientos de otros seres y preocuparnos por su bienestar, sino que además de ello, los primates podemos, ponernos en el lugar de otros, imaginando cuáles son sus necesidades específicas, aunque se trate de alguien muy diferente a nosotros, tan diferente como un animal de otra especie.

La vida en grupo nos ha hecho desarrollar estos sentimientos de empatía, ya que el bienestar de nuestro grupo es también nuestro bienestar. Cuando nuestros antepasados eran cazadores y recolectores, difícilmente un individuo podría sobrevivir por sí solo durante un periodo prolongado. El ayudar a otros no solo nos hace sentir bien, sino que el ver sufrir a otros nos hace sufrir también a nosotros, esto es algo que sucede en todos los mamíferos. Los primeros descubrimientos al respecto se hicieron en 1959, cuando el psicólogo Russell Church entrenó a ratas a apretar palancas para conseguir comida. Church se dio cuenta que, si una rata estaba comiendo mientras otra recibía un shock eléctrico, la primera rata dejaba de comer. ¿Por qué no seguía comiendo tranquilamente, si al fin y al cabo la rata que sufría era otra? Desde entonces una gran cantidad de experimentos han mostrado que el dolor se contagia, y que si alguien observa que otro individuo sufre, las áreas del cerebro que se activan con el dolor se activan también en el observador.

Por supuesto existen excepciones; hay algunas personas, aquellos a quienes los psicólogos llaman “psicópatas”, que no sienten empatía hacia los demás. Y en aquellos que no somos psicópatas, hay toda una serie de condiciones que fomentan o debilitan la empatía que podemos sentir hacia otros. Como bien sabemos, en ocasiones podemos comportarnos no solo mal, sino despiadadamente. Todo esto explica en parte porqué sentimos motivación a comportarnos de forma considerada hacia otros. Las condiciones que fomentan o no la empatía también pueden ayudar a entender en qué ocasiones tendemos a actuar con menos escrúpulos hacia los demás.



[i][i] Frans de Waal, The Age of Empathy, Three Rivers Press, 2009,  p. 91

 

 

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