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Deshonestidad: algunas ideas equivocadas que casi todos tenemos. Ari Rajsbaum

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Deshonestidad: algunas ideas equivocadas que casi todos tenemos.

Ari Rajsbaum

Centro de Neurociencias Sociales.

 

Supongamos lo siguiente: usted tiene una cita muy importante, va a conseguir un empleo bien pagado, o tal vez le van a firmar un contrato en el que ganará un montón. Pero hay un problema: está dando vueltas en su auto y no consigue donde estacionarse, el único sitio vacío es para discapacitados. Si no ocupa el lugar perderá el contrato, si se estaciona y los policías se dan cuenta que su vehículo no tiene la identificación adecuada le cobrarán una multa de $500.00. ¿Qué haría en una situación semejante?

Algo semejante le pasó a Gary Becker, quien ganó el premio nobel de economía en 1992. En cierta ocasión se dirigía a la universidad para una reunión. Becker iba retrasado y se dio cuenta que en su mente estaba haciendo un cálculo: “Cuál será mi beneficio en caso de llegar a tiempo comparado con el costo de estacionarme en un lugar prohibido?, ¿cuáles son las probabilidades de que me atrapen y tenga que pagar ese precio?” Becker, quien no por nada recibió el premio nobel, se detuvo a reflexionar sobre su pensamiento y lo convirtió en un fórmula que explicaría el cuándo y por qué hacemos cosas deshonestas. Los elementos de la fórmula eran los siguientes:

  •  Beneficio del acto
  •   Costo del acto
  •  Riesgo de que nos atrapen y tengamos que pagar este costo

Según Becker, todos nosotros hacemos rápidamente este cálculo en nuestras mentes y según el resultado de este decidiremos si hacer la trampa o abstenernos de ella. Esta explicación lleva el nombre “modelo simple del crimen racional” y se trata, sin duda, de un modelo atractivo, ¿quién de nosotros no se ha visto alguna vez pensando en estos términos?

El modelo de Becker analiza y formaliza una explicación de la conducta criminal que se encuentra en la cultura contemporánea. Sin darnos cuenta, muchas veces, tal vez la mayoría, pensamos que la gente comete robos y hace fraudes porque se beneficia de ellos mientras suponen que no los van a atrapar. Guiados por esta forma de pensar pedimos mayores penas para los criminales, policías más eficientes para atraparlos, cámaras de video para que los maestros no abusen de los niños en las escuelas y demás medios de vigilancia efectiva.

Hace algunos años hubo un fraude masivo en Canadá. Hasta donde recuerdo, el beneficiado se embolsó muchos millones de dólares y recibió dos años de prisión. Mi amigo, el economista Adrián Ortiz Mena me dijo entonces: “Con ese castigo yo también cometería el fraude, te clavas un dineral, ni tú ni tus hijos tienen que trabajar para el resto de su vida y lo único que tienes que hacer es pasar dos años en una cárcel canadiense que seguramente es como un hotel con todo incluido en nuestro país”. Sus palabras me resultaron muy convincentes, mientras mis mejillas ardían de la furia al imaginar como los grandes ladrones se salen con la suya, y quizá también de envidia por los millones que se llevó alguien más astuto que yo. Sin embargo, con el pasar del tiempo, el argumento me empezó a resultar menos creíble, en primer lugar, porque mi amigo Adrián nunca se roba un centavo, aún teniendo sus buenas oportunidades para hacerlo.

El modelo simple de crimen racional ha sido evaluado de múltiples maneras para ver que tan acertado es. Uno de los experimentos que más me ha gustado fue llevado a cabo por Dan Ariely y su equipo, quienes eligieron como ratones de laboratorio a taxistas, ya que tienen fama de tramposos. Las colaboradoras del Dr. Ariely se llamaban Eynav y Tali. Cabe mencionar que Eynav es invidente, por lo tanto una víctima fácil si le quisieran mentir acerca de la cuota que marcara el taxímetro. El experimento consistía en que ambas mujeres tomaran por separado un taxi entre la Universidad de Ben Gurión y la estación de tren. Según explica Ariely, en esa ciudad existe la costumbre de que los taxistas ofrezcan hacer el viaje sin prender el taxímetro, cobrando una cuota de 20.00 shekel (la moneda local), en lugar de los 25 que costaría si prendieran el aparato. Cuando Eynav y Tali subían a los taxis siempre pedían que se prendiera el taxímetro. Ahora bien, si el modelo de crimen racional fuera acertado, al final del día Eynav habría pagado considerablemente más que Tali, ya que en los viajes no tendría forma de verificar si lo que le pedía el conductor realmente coincidía con lo que marcara el taxímetro. Los taxistas podrían además abusar de ella dando largo rodeos por la ciudad sin que ella se diera cuenta.

Después de todos los viajes hicieron las cuentas y, Eynav había pagado menos que Tali. Según escribe Ariely, Eynav contó lo siguiente: “Escuché que los conductores encendían el taxímetro cuando yo se los pedía… pero posteriormente, antes de llegar al destino, oía que muchos lo apagaban, para que la cuota fuera cercana a 20 shekel”. A lo que Tali contestó: “Ciertamente a mí no me pasó esto nunca… nunca apagaron el taxímetro y en todos los viajes terminé pagando aproximadamente 25 shekel”[i] .

Como explica Ariely, si los taxistas hubieran hecho un cálculo costo-beneficio, le hubieran hecho trampa a Einav, quien no tenía manera de darse cuenta de ello. Pero no solo no hicieron eso, sino que sacrificaron parte de su propia ganancia en beneficio de una mujer indefensa.

Hoy en día hay evidencia muy sólida que muestra que el modelo que explica el crimen como cálculo de costo beneficio está equivocado. A primera vista parece muy convincente, sin embargo, sometido a toda clase de experimentos controlados, el modelo ha resultado inadecuado. El modelo nos resulta atractivo por dos razones; en primer lugar, porque hay situaciones en los que sí actuamos según lo que este modelo indica, situaciones de las que hablaré en algún otro artículo. Pero otra razón, desde mi punto de vista, más importante que la anterior, es que el sistema de libre mercado en el que vivimos es un sistema que está basado en que los individuos y las empresas vean por sus propios intereses. Este sistema ha fomentado una cultura  que gira alrededor del egoísmo. Cabe mencionar que el sistema actual de mercado, visto desde una perspectiva evolutiva es muy joven. Durante decenas de miles de años, desde que somos quienes somos, nuestra especie vivió en grupos de cazadores y recolectores que trabajaban, vivían y se alimentaban como colectivo. La evolución de nuestra especie tiene además una evolución previa de cientos de miles de años en los que nuestros antepasados eran casi humanos, quienes, según todas las evidencias, también vivían en bandas de cazadores y recolectores. Se trataba de bandas igualitarias en las que no había jefes propiamente dichos y en las que si un individuo abusaba del grupo era simplemente abandonado. Esta larga evolución nos dotó de un cerebro dirigido a sentir una fuerte preocupación por el bienestar de otros y por el cumplimiento de las reglas grupales. Las ideologías del beneficio propio y la lucha de todos contra todos,  pueden ser compatibles con muchos aspectos de nuestra economía, y por lo tanto resultarnos convincentes. Sin embargo, no pueden explicar la conducta humana, mucho más compleja y fundamentada en millones de años de evolución.

Hoy sabemos que el modelo racional del crimen está equivocado, pero sigue ejerciendo un hechizo sobre nuestras mentes llevándonos a que tomemos toda una serie de decisiones equivocadas, y que nos cuestan muy, pero muy caras: empresarios que tratan de controlar los robos vigilando con mayor atención a sus empleados, gerentes que tratan de buscan sanciones mayores, padres que van aumentando el nivel del castigo a hijos difíciles de controlar, municipios, estados y países que gastan más en policías, jueces, cárceles, abogados, universidades para preparar a todos ellos…una lista interminable. Si ponemos atención, las empresas más eficientes, las familias más pacíficas y los países con menos crimen utilizan otros métodos, pero ya hablaremos de ello en otro momento.



[i] Dan Ariely, The Honest Truth about Dishonesty, Harper Collins Publishers, 2012

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