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Deshonestidad: la teoría del mantenimiento del autoconcepto. Ari Rajsbaum

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Deshonestidad: la teoría del mantenimiento del autoconcepto.

Ari Rajsbaum

Centro de Neurociencias Sociales A.C.

 

Para entender cómo funciona la deshonestidad cotidiana podríamos pensar en lo que sucede con la manera en la que los varones manejamos nuestra identidad masculina. Como bien sabemos, a los hombres nos gusta pavonearnos acerca de nuestra valentía y virilidad sexual. Un grupo de psicoterapeutas australianos crearon un taller para que adolescentes hablen sobre la relación entre aquello que percibimos como masculinidad y la violencia[i]. Sin embargo, se toparon con una dificultad: a los hombres en general y a los adolescentes en particular nos gusta mostrar a otros una versión particular de nosotros mismos, lo cual evita que hablemos honestamente acerca de cualquier cosa que pudiera manchar nuestra imagen. Así que los terapeutas idearon lo siguiente; al comenzar el taller lanzan la siguiente pregunta:

-“¿Quién de entre los que están aquí presentes ha contado alguna mentira acerca de su vida sexual?”

Como es de esperar, es muy raro que algún adolescente levante la mano en ese momento. La respuesta normal es un silencio absoluto.

Entonces hacen la siguiente pregunta:

-“¿Quién de ustedes ha escuchado a alguien decir una mentira acerca de su vida sexual?”

Ante esta pregunta, generalmente todos los muchachos levantan la mano. En ese momento resulta obvio que, a menos de que por coincidencia en ese grupo se encuentren los únicos muchachos en el mundo que hablan honestamente acerca de su vida, lo más probable es que todos ellos mientan, aunque sea un poco, acerca de su vida sexual. Esto resulta tan evidente que en este ejercicio todos los participantes se ríen al momento de levantar sus manos.

Si pensamos en la forma en la que engañamos con el dinero, sucede algo parecido. Si usted revisa con atención los acontecimientos de la última semana, seguramente encontrará por lo menos un momento en el cual haya percibido a otra persona haciendo alguna  trampilla (algún empleado que llega tarde pero le pide a otro que marque el reloj, un alumno que copia una respuesta, alguien que se lleva una pluma que le pertenece a otro y demás). Sin embargo, si le preguntáramos si usted ha cometido algún fraudecillo durante la última semana, probablemente no le resulte fácil responder. En una encuesta llevada a cabo por el Profesor Dan Ariely de la Universidad de Duke, los participantes respondieron de la siguiente manera ante la pregunta “¿ha hecho usted hoy alguna trampa?”

  • “Yo no, nunca”-  17%  (2844 respuestas)
  • “Tal vez un poco, pero hubo una buena razón para ello”-  32%, (5455 respuestas)
  • Sí, es la única manera de salir adelante- 8% (1339 respuestas)
  • Ninguna de las anteriores 43%  (7412 respuestas)[ii]

Antes de revisar las respuestas, cabe aclarar que los participantes en la encuestas eran alumnos de un curso de psicología económica, y ya habían visto algunos videos y leído lecturas que hablaban acerca de la deshonestidad cotidiana. Es decir, probablemente tenían consciente, en el momento de responder, lo frecuentes que son en nuestra vida los pequeños actos de deshonestidad. Es posible que las lecturas ya hubieran llamado la atención de los participantes hacia sus propios actos de corrupción. Aun así, al ver las respuestas, es fácil imaginar la incomodidad de la gente al tener que reconocer sus propias trampas. Desde mi punto de vista, esto se nota entre dos grupos: aquellos que respondieron “Tal vez un poco, pero hubo una buena razón para ello” (32%). Es decir, reconocen que cometieron una trampa, pero no lo ven como algo totalmente condenable, piensan que hubo alguna justificación. Más adelante volveremos a este tema, que es uno de los meollos de nuestro tema. Por ahora, me gustaría que hiciéramos un paréntesis y viéramos las cosas desde la perspectiva de aquellos que fueron objeto de la trampa; ¿pensarían ellos también que hubo una buena razón para que los engañaran? Volviendo a los resultados de la encuesta, el segundo grupo en el que me parece notar esta incomodidad es en aquellos que respondieron “ninguna de las anteriores” (43%). ¿Cómo que ninguna de las anteriores? ¿Han hecho o no han hecho trampas el día de hoy? Yo imagino que muchas de estas personas han hecho cosas que piensan que otros podrían catalogar como trampas y que ellos por alguna razón no las ven de esta manera.

A la gente no nos gusta vernos como personas deshonestas, especialmente cuando estamos conscientes de los problemas que la deshonestidad genera para otros. Así que nos resulta más fácil hacer una de dos cosas; simplemente, no poner atención al acto deshonesto y así evitar darnos cuenta de que lo cometimos, o justificarlo de alguna manera (pensando “hubo una buena razón para hacerlo”, “todo mundo lo hace”, “la empresa ya tiene calculadas estas pérdidas, las toman en cuenta como si fueran parte de nuestros ingresos”, “mi patrón me roba de otras maneras, así que sólo me estoy cobrando”). Seguramente, todos nosotros hemos dicho con indignación que ciertas personas son tranzas, ladrones, corruptos y demás. Pero me parece que es muy raro que una persona se aplique estos calificativos a sí mismo. De hecho, nos resultaría muy doloroso pensar que nos hemos convertido en alguien con esas características.

Hay un pequeño porcentaje de personas cínicas, sin ningún tipo de escrúpulos ni remordimientos, que no tienen ningún problema en admitirse a sí mismos que están robando. Pero a la mayor parte de la gente no nos gusta vernos como ladrones o tramposos. Sin embargo, el hacer trampas genera beneficios, y en ocasiones genera beneficios muy grandes. Para la mente humana esto implica un conflicto difícil de resolver ya que existen dos impulsos contradictorios:

                                            untitled

Esta situación es lo que en teoría de juegos se llama “suma cero”, en dónde si uno de los jugadores gana (en este caso, uno de los impulsos) el otro pierde. Es decir que, haga uno lo que haga el resultado es una sensación de frustración[iii]: si me comporto honestamente, me quedo con las ganas de disfrutar del beneficio de la deshonestidad, y sí me comporto deshonestamente disfruto del beneficio pero me siento mal conmigo mismo por pensar que soy un tramposo ¿Cómo soluciona nuestra mente estos dos deseos contradictorios? Se hace un poco de trampa, para disfrutar el gusto del beneficio, pero no tanto como para que la persona tenga que cambiar el concepto que tiene de sí misma. Es decir que hay un rango de acción en donde nuestra mente puede hacer trampas y engañarse a sí misma para no considerarse tramposa. Si sobrepasa ese rango (por ejemplo, si en lugar de tomar la pluma de un compañero tomamos de su bolsa los $50.00 de su valor), sería imposible para la mente continuar engañándose y por lo tanto se evita pasar ese límite[iv]. Esta explicación acerca de la deshonestidad cotidiana ha sido llamada por sus autores “teoría del mantenimiento del autoconcepto”[v]. Es una teoría es sencilla, pero está muy bien fundamentada desde varios puntos de vista; es coherente desde un punto de vista evolutivo y permite entender la forma en que actúan otros animales sociales, se complementa bien con los descubrimientos que se han hecho en los últimos años acerca de la autoconciencia y se confirma por estudios llevados a cabo en neurociencias. Especialmente importante es que explica porqué muchas veces las penas carcelarias y sanciones no son suficientes, y en ocasiones son totalmente inútiles para evitar la corrupción.

Algunos investigadores han estudiado con bastante precisión algunos de los mecanismos que facilitan o dificultan que la mente se engañe de esa manera y que por lo tanto continúe cometiendo estos actos deshonestos. La definición de los mecanismos mencionados puede ser de una gran utilidad para empresas, escuelas, gobiernos y todo tipo de instituciones. Pero esto será tema de otros artículos.

 


[i] David Denbourough, “Step by Step: Developing Respectful and Effective Ways of Working with Young Men to Reduce Violence”, en: Christopher McLean, Maggie Carey, Cheryl White, Men’s Ways of Being, Basic Books, 1996

[ii] Total 17050, al 6 de junio de 2013, Clase 3.1

[iii] Aronson, E. (1969). The theory of cognitive dissonance: A current perspective. In L. Berkowitz (Ed.).Advances in Experimental Social Psychology, Vol. 4, pp. 1–34. New York: Academic Press.

[iv]Mazar, N., Amir, O., & Ariely, D. (2008). The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-concept Maintenance. Journal of marketing research, 45(6), 633-644.

 

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