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Deshonestidad- Introducción. Ari Rajsbaum

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Deshonestidad- Introducción

 

Ari Rajsbaum Gorodezky

Centro de Neurociencias Sociales AC

 

Nadie se salva de perder tiempo, dinero y esfuerzos a causa de la deshonestidad de otros. Ni el rico, ni el pobre, ni siquiera los niños en las escuelas. Hace algunos años un grupo de niñas de 7 y ocho años se quejaban de que la encargada de la tiendita de la escuela los engañaba con el cambio o les daba una paleta cuando habían pagado por dos. Otro amigo, me acaba de contar de los corajes que hace cada vez que se da cuenta que el arquitecto que construyó su casa cobró por materiales más caros de los que usó en realidad. Cada quien sufre las consecuencias de la deshonestidad en sus dimensiones personales. Estos son los “pequeños fraudes” de la vida cotidiana, diferentes de los grandes fraudes cometidos por banqueros y secretarios de Estado. Estas trampas, tan cotidianos, pueden ser considerados como algo insignificante por quien los comete, pero tienen efectos en sus víctimas que van, desde lo simplemente molesto hasta lo devastador.

Una amiga mía, madre soltera sin recursos, decidió poner una taquería. Pidió un préstamo, contrató a un hombre de confianza para que le ayudara y arrancó su negocio. Su taquería resultó un éxito, a los clientes les encantaba el servicio, siempre había gente comiendo y daba suficiente dinero para pagar los gastos del negocio y mantener a la dueña y a sus dos hijos. Después de varios años el negocio dejó de ganar lo suficiente para ella, así que le propuso al empleado dos opciones, cerrar el negocio o que él lo siguiera manejando. Así es como el hombre de confianza de mi amiga se quedó como encargado del negocio, del cual cobraba su sueldo y le entregaba las cuentas a la dueña. Después de varios años en esta situación a mi amiga le llegó un requerimiento de hacienda en el que resultaba ser que desde que ella dejó su cargo no se habían pagado impuestos ni presentado declaraciones. La pobre mujer quedó con un problema enorme frente al fisco, el cual no puede resolver hasta hoy. A los ojos del taquero el hecho de no presentar declaraciones habrá parecido una minucia, supongo que habrá pensado algo como “si el negocio no tiene ganancias seguramente no pasa nada” o “si hay algún problema la señora lo va a arreglar con una mordida”. Para la dueña del negocio en cambio, esto ha resultado en una pesadilla.

La deshonestidad nos cuesta muy caro a todos, a los negocios a los que les hacen robos hormigas, a las aseguradoras a las que los asegurados exageran sus pérdidas, a los consumidores cuando se les agrega a la cuenta cosas que no estaban previstas.

Todos conocemos ejemplos de personas que han robado cantidades monstruosas de dinero. Sin embargo, diversos estudios muestran que los pequeños actos deshonestos llevados a cabo por una gran parte de la población resultan mucho más onerosos que los grandes desfalcos. Para darnos una idea de lo que estos pequeños actos cuestan, una serie de investigadores[i] nos muestran algunos ejemplos de lo que sucede en los Estados Unidos: “el ‘robo de roperos’- la compra, uso y devolución de ropa- cuesta a la industria un estimado de $16,000 millones de dólares anuales (Speights and Hilsinski 2005); la magnitud de fraude a la industria de seguros en los Estados Unidos es de $24,000 millones de dólares anuales (Accenture 2003); y la diferencia entre lo que el servicio tributario estima que los contribuyentes deberían pagar y lo que realmente pagan excede los $300,000 millones de dólares anuales (Herman, 2005). Si esta evidencia no es lo suficientemente preocupante, posiblemente la contribución más cara a la deshonestidad viene del robo y fraude cometido por empleados que ha sido estimado, en los Estados Unidos en $600,000 millones de dólares anuales-una cantidad de aproximadamente al capital de General Electric (Association of Fraud Examiners 2006).”

Hay personas que cometen, o intentan cometer grandes fraudes. Un amigo me contó acerca de un pariente suyo que tenía asegurada una colección de joyas. Aunque parezca increíble, este individuo enterró en su jardín la colección y la denunció como robada, con la idea de cobrar posteriormente al seguro por la pérdida de su colección. Tratándose de un fraude tan burdo, la compañía de seguros descubrió el fraude y el mencionado señor fue a parar a la cárcel. La mayoría de los casos de deshonestidad, sin embargo, no son tan grandes y evidentes. Todos los ejemplos del párrafo anterior están basados en casos de pequeños engaños. Por ejemplo, en el caso de las compañías de seguros, la pérdida gigantesca reportada más arriba no está provocada por gente que entierra sus colecciones en el jardín trasero, sino por aquellos sí han sufrido pérdidas, pero a la hora de reportarlas las engordan un poco; le cargan al seguro un rayón que el coche ya tenía, y demás trucos que supongo nuestro lector ya conoce (seguramente porque conoce a otras personas los han cometido).

Al pensar en trampas, fraudes y deshonestidad surgen una serie de preguntas:

- ¿Qué factores fomentan que la gente haga menos trampas? ¿Cuáles fomentan qué cometan más? ¿Existen métodos experimentales que puedan comprobar la existencia de estos factores? ¿Podemos aplicar lo que sabemos sobre esto en las empresas o en los medios sociales en los que nos movemos?

-  ¿Qué tanto pesan los factores sociales y culturales en la comisión de fraudes? ¿Se pueden medir e identificar estos factores? ¿Hay algún sentido de honestidad que atraviese a las culturas?

- ¿Tienen algunos animales algo parecido a un sentido de “honestidad”, o se trata de un fenómeno puramente humano?

- ¿Hay animales que sepan engañar, en qué momento de la evolución surge el engaño? ¿Tiene aspectos útiles la capacidad de engañar?

- ¿Existen diferencias neurológicas importantes entre los “grandes tramposos” y el resto de la población?

- ¿Puede una persona promedio convertirse en un “gran tramposo”? En ese caso ¿se conocen los factores que facilitan esta conversión?

- ¿Qué efecto tiene la presencia de uno o varios tramposos crónicos dentro de un grupo de gente que normalmente no hace trampas?

- ¿Qué tanto sirven los castigos para disuadir los fraudes?

- ¿Qué tan cierto es eso de qué los niños y los borrachos siempre dicen la verdad?

Todas estas preguntas tienen implicaciones prácticas muy importantes. Afortunadamente para nosotros, el estudio de la conducta económica y las neurociencias sociales han vivido una verdadera revolución en las últimas dos décadas, y han generado algunas respuestas muy sólidas a estas preguntas. No se trata más de respuestas basadas en la intuición o en la especulación, sino en la observación y aplicación de métodos experimentales sólidos. Así que si te interesa conocer sobre el tema te invitamos a que leas la serie de artículos que publicaremos sobre el tema de la deshonestidad.



 [i] Mazar, N., Amir, O., & Ariely, D. (2008).The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-concept Maintenance. Journal of marketing research, 45(6), 633-644.

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